Dar un salto de fe

Hay un instante –a menudo imperceptible– en que el suelo desaparece bajo nuestros pies.

No lo avisa el calendario, ni llega con claridad racional. Simplemente ocurre: un llamado interno, una presión vital, una grieta que se abre… y allí estamos, al borde de lo conocido, mirando el abismo de lo que aún no existe, salvo como intuición.

Ese umbral tiene muchos nombres: decisión difícil, ruptura, pérdida, comienzo. Pero en lo profundo, siempre es lo mismo: un salto de fe.

Fe no como creencia ciega en dogmas, sino como fuerza viva que nos sostiene cuando no hay garantías. Como diría Kierkegaard, es la angustia que precede al vuelo. Es ese momento en que, como Abraham, actuamos por amor —a Dios, a la vida, a nuestra verdad más íntima— incluso si temblamos.

Porque hay algo más verdadero que la certeza: la resonancia interior.

Saltamos no porque no tengamos miedo, sino porque no queremos traicionarnos.

Y en ese salto —que no siempre es visible para el mundo, pero siempre es sagrado— ocurre la alquimia: nos convertimos en otra versión de nosotros mismos. Más auténtica, más viva, más plena.

Creer sin garantías visibles es un acto revolucionario del alma. El salto de fe no es rendirse al dogma, sino abrirse al misterio cuando todo dentro pide certeza. Es ese momento donde la conciencia se ensancha más allá de la lógica, y el corazón lidera.

¿Y tú estas dispuestos a abrazar ese salto de fe?

Mauricio Perrone © 2026. Todos los derechos reservados.